Además de los beneficios fisiológicos citados, la práctica de tocar
mejora el estado anímico de los niños y su relación con los demás.
En el terreno individual, tocar un
instrumento convierte a quien lo hace en una persona metódica que cuida
los detalles (de lo contrario, no suena bien), planifica bien las tareas
y tiene mucha capacidad de atención. Esta conducta puede trasladarse a
la labor propia del estudiante, a quien se exige calidad y resultados.
La música es un medio de expresión, y una consecuencia de ello es una
buena autoestima. Enseña a los jóvenes a vencer el miedo y asumir
riesgos, aporta seguridad y autoconfianza. Si se forma parte de una
orquesta o grupo, la práctica mejora el trabajo en equipo (para lograr
un objetivo único) y la disciplina: para que una orquesta suene bien, el
conjunto debe trabajar en armonía. Favorece el compromiso para
aprender, asistir a los ensayos y practicar en casa.